miércoles, 28 de marzo de 2007

PAZ EN MEDIO DE LA TORMENTA


Hace siglos, los Padres del desierto vivían conducidos por este principio de sabiduría: Fuge, tace, quiesce: "Huye, calla y reposa". Para que el agua del Espíritu que mana dentro de nosotros pueda inundarnos todo lo que tocamos, necesitamos tener una actitud de sosiego, de serenidad y de quietud, en medio del mundo de relaciones y de acontecimientos en los que vivimos. No es fácil, pero es posible. Y es imprescindible. Los grandes regalos que la civilización actual ofrece al hombre entrañan una gran dificultad para vivir. Hay más posibilidades de moverse; existe un diluvio de información; tenemos que soportar un constante asedio de presiones masivas, de estímulos de todo tipo en una sociedad rica, pluralista y libre, nuevas comodidades y objetos de todo tipo, al menos en esta parte del mundo. El uso indiscriminado de estos medios están creando personas al límite del estrés; muy dispersas. Personas nerviosas que viven fuera de sí; superficiales pendientes de la última novedad, de las mejores marcas; que no viven el presente disfrutándolo; evadidas y desarmónicas. Se hacen muchas cosas a la vez... Nos hemos convertido en consumidores, ansiosos y dispuestos a tragarlo todo, aun cuando no necesitemos lo que nos ofrecen... Esta falta de concentración se manifiesta claramente en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros mismos atados a la televisión, Internet, sin espacios gratuitos o en su defecto vivimos en un clima de un parloteo vacío que, a veces, es para preocupar. Hemos de ser conscientes de esta situación. Vivir desde lo hondo de nosotros, vivir desde la profundidad, armoniza nuestra personalidad. Así cada pieza de nuestro puzzle interior se va colocando en su sitio y aflorando nuestro rostro original. Viviendo en ella nos relacionamos con las personas desde una actitud de veracidad. Entonces es mi "yo" verdadero quien sale a acoger al otro con quien me relaciono. Luchemos por lograr el sosiego, renunciamos a vivir de una manera deshumanizada concentrándonos en lo que verdaderamente da sentido a nuestra existencia, pero sin olvidar que las cosas existen para que las usemos y no para que ellas nos dominen. Es inevitable que tengamos que soportar las tensiones de la vida, y nos veamos obligados a tolerar tormentas y agitaciones. Lo indispensable es poder saber que nuestra vida interior puede permanecer invariablemente serena a pesar de todo. La paz señala como anda nuestro espíritu. Es su equilibrio, su balance. La única paz que es capaz de lograr esto es sin duda alguna la Paz que Dios otorga al que en Él persevera. Es una Paz que sobrepasa todo entendimiento y ella cuida de nuestro corazón y nuestros pensamientos convirtiéndonos en personas integrales: una vida con propósito y destino. Para conseguir esta paz, debemos perseverar en no inquietarnos, no desmayar y no temer. Estas tres propuestas pueden abrir la prisión de la preocupación y el desaliento. Tal vez el mayor error del hombre moderno, es no comprender que fue diseñado con un aspecto espiritual y otro físico. Al sólo preocuparse, en demasía de saciar sus necesidades físicas, necesarias o ficticias, en algún momento comenzará a sentir el efecto de ese descuido, manifestado en mas de alguna enfermedad de origen psicosomático. Habiendo comprendido esto, podemos hacer mucho, en el campo práctico para mejorar nuestra vida y la de los demás. Tratarnos con mas respeto y afecto soltando las tensiones musculares innecesarias. Lograr un nivel de relajación corporal que mantenga nuestro cuerpo en armonía... Hay que revisar nuestras costumbres en la comida, equilibrar más la acción y el descanso, hacer un pequeño tiempo diario de ejercicio corporal... Conviene no olvidar que muchos de los ruidos y de las tensiones que nos rodean son controlables. Una habitación ordenada, la lectura de un libro, el modo de caminar, tu manera de relacionarte con quienes vives, un tono de música apropiada... Urge, también, encontrar el espacio en soledad que cada uno necesita para crecer, para vivir. Se crece mas estando a solas que con otros. Lo ideal es tener tiempo, a solas, para la reflexión diaria, la oración, y luego desde allí ir al mundo a entregar lo que ganamos en nuestra "hora quieta". De regreso desde el mundo a nuestro pequeño oasis, hemos de verificar lo que hemos aprendido, lo que hemos vivido. Es necesaria una disciplina personal, comunitaria y ambiental. Cada uno ha de encontrar la que más le ayude a conseguir su objetivo final que es re-aprender a vivir como personas. Aventura esencial que va a lograr en nosotros la integración de toda nuestra persona y si así fuera al menos tratemos con una propuesta en serio el poder conseguirlo.